Dragón de fuego

"Soy un fuego inextinguible,
el centro de toda energía,
El corazón firme y heroico.
Soy la verdad y la luz,
En mi imperio abarco el poder y la gloria.
Mi presencia
Dispersa las nubes oscuras.
Y soy el elegido
Para dominar a los Hados".


SOY EL DRAGÓN







jueves, 21 de octubre de 2010

Beso de la muerte


Llegó un momento, que sin decidirlo, se sentó a esperar a la muerte, no tomó la decisión de hacerlo, simplemente se dejó abrazar por las tinieblas y se sentó a esperar, se apartó del resto del mundo y no quiso formar parte de él, un retiro propio, a su voluntad, no planeado, y un buen día, la muerte vino a visitarla. Le dijo que no tenía por costumbre hacer visitas de cortesía, pero que ésta lo era, todavía quedaba mucho para que le diera su famoso beso, así que era mejor que se levantase de esa silla y aprovechase un poco el tiempo, pero ella le contestó entornando los ojos, mirando al vacío, que no tenía nada mejor que hacer que esperar, en realidad, llevaba toda la vida esperando, era lo único que había hecho hasta ahora, esperar por una llamada, esperar por una mirada, esperar por abrazo, por un beso de amor, esperar, esperar, esperar.... Tan conmovida se sintió la muerte ante esta declaración que la sostuvo en sus brazos y le dió el último beso de amor.

martes, 19 de octubre de 2010

Mi capitán

Ella piensa que después del naufragio principal cada uno de los siguientes la acerca más a la orilla. Y convencida de sí, huye de cualquier señal que la conduzca a enterarse que, uno a uno, los naufragios subsiguientes la han mandado más adentro en el mar. Ella cree que es posible escapar del sino de los abandonados si recurre a la vieja fórmula de los piratas: beber; ganarse la comida del día y beberse la noche con ron; dejarlo todo por un rato y a la mañana retomar las tareas del Sísifo interior: hundir su barco, el siguiente. Ella no tiene cabeza para reparar mastines y velas. Mejor hace de las astillas su esperanza, porque se ha vuelto especialista en construir, de los restos de cada hundimiento, un nuevo velero que la lleve a otro naufragio. Y confía en que ese que viene la arrime a tierra, y no: la conduce mar adentro. Mar adentro, para mi fortuna –y no sé si la de ella–, naufrago yo. La primera vez que se le vio naufragar, flotaba abrazada de un amarre de cajas, cada una marcada así: “Frágil”. Pero no le duraron una tormenta, aunque ella quisiera. Esas cajas, las “Frágil”, no estaban para resistir a alguien; todo lo contrario, eran para garantizar el hundimiento, su hundimiento. Ella piensa que es posible sacudir el mar. Cree que cada barco que hunde conmueve las entrañas del Enorme Extraordinario. Deliberadamente instalada en el engaño, cierra los ojos para no contar las astillas que le van quedando, cada vez menos. No se rinde aún frente a las señales que le dicen que muy pronto quedará sin posibilidades de maniobra y vulnerable, mar adentro de su propio corazón. Y mar adentro, para mi fortuna –y no sé si la de ella–, navego yo. Mar adentro estamos muchos, los tantos que naufragan. Imposibilitados, nos resignamos a hundirnos; o mandamos luces de bengala (que nadie ve porque nos hemos alejado de la playa); o sacamos fuerzas para rehacer barcos que de inmediato hundimos; o somos de los pocos afortunados que ven a los lejos una luz oscura: la luz del otro. (Me hago ilusiones: De sus pómulos obtengo el coraje; de sus alergias, que no conoce, construyo un timón; de su cabello negro rehago un casco, y proa y popa las saco de repetir su nombre. Junto mis astillas con las de ella, restos de incontables naufragios, y me nombro capitán de un barco al que ella no sabe que ya se ha subido. Piensa que después del naufragio principal cada uno de los siguientes la acerca más a la orilla, y me engaño creyendo que esa orilla soy yo, a pesar de que estoy mar adentro, muy mar adentro, tan mar adentro que se me han acabado las astillas y grito por mi propia salvación). Ella cree que es posible escapar, pero delira: en su fiebre no se da cuenta que duerme, ahora, en el camarote de un buen capitán de barco que nació en el desierto. Ese capitán soy yo. Ella es especialista en los hundimientos, pienso ahora que la veo dormida. Ata y desata amarras y velas. Sube y baja banderines de auxilio y de pirata para causarle desconciertos al mar. Entonces una ola cualquiera le cumple el deseo. Nos hundimos con ella. Nos vamos más adentro en el mar. Y mar adentro, para mi fortuna –y no sé si la de ella–, yo quiero seguir.

La caricia perdida


Se me va de los dedos la caricia sin causa,

se me va de los dedos… En el viento, al pasar,

la caricia que vaga sin destino ni objeto,

la caricia perdida ¿quién la recogerá?....

Pude amar esta noche con piedad infinita,

pude amar al primero que acertara a llegar.

Nadie llega. Están solos los floridos senderos.

La caricia perdida, rodará… rodará…

Si en los ojos te besan esta noche, viajero,

si estremece las ramas un dulce suspirar,

si te oprime los dedos una mano pequeña

que te toma y te deja, que te logra y se va.

Si no ves esa mano, ni esa boca que besa,

si es el aire quien teje la ilusión de besar,

oh, viajero, que tienes como el cielo los ojos,

en el viento fundida, ¿me reconocerás?





Alfonsina Storni

jueves, 7 de octubre de 2010

Cortesana



Soy la mujer que duerme en la jaula con los leones
al ponerse el sol.
Carne cruda como de sus pestilentes fauces
lamo sus recovecos denigrantes
y sin importarles, prueban cada mes mi sangre.
Me he dejado ultrajar por conveniencia,
soy mansa por una retribución,
abro mis posiciones
para conseguir prodigios mayores,
mejores pagas.
Todas las noches meto al sol en mi cama
y caliento deshilachados cuerpos.
A veces suplico ternura desde el fondo de mi alma,
desde el encierro de mi jaula
repleta de vacíos inconmensurables,
pero ellos no escuchan.
El mundo me desprecia,
yo lo ignoro.
Vivo para alimentar a las bestias
con mi carne,
soy libre de volar si quisiera,
de escapar,
mas no tengo a dónde ir...
Pertenezco a esta jaula.



Lina Zerón

martes, 28 de septiembre de 2010

La verdad

Me acusas de que voy atropellando con la verdad a todos los que me rodean, y que a veces es mejor mentir, o en su defecto callar. Me "aconsejas" que traicione el único principio que tengo y soy capaz de llevar a raja tabla, te miro y pienso que hay dos opciones, o no te enteras de nada o después de tanto tiempo no me conoces en absoluto. Más bien me inclino por lo segundo, casi después de una década, no has llegado más que a rascar la superficie. ¿No te has dado cuenta de que las mentiras han traido sólo desgracia a la gente que las cuenta?, podría darte más de diez ejemplo de la gente que me rodea, y el resultado, siempre violencia+abandono.
No darling, yo no voy a mentir ni me voy a callar cuando algo me carcome por dentro, alguien en una ocasión me acuso de sinceridad brutal, aquello me hizo pensar en si hay grados de sinceridad, puede que una servidora tenga ciertas limitaciones mentales pero para mi la sinceridad no goza de grados, se es o no, aquí no hay medias tintas. Quizá las mentiras si puedan tener grados, supongo que se mide con el dolor, las hay que hacen poco daño, otras que te matan, pero en mi caso todas conllevan una consecuencia irremediable, la pérdida eterna de confianza. Soy capaz de perdonar el silencio, faltar a la verdad, jamás. Una vez te lo dije, no me preguntes lo que no quieras saber porque yo no esquivo ni me escondo....

lunes, 27 de septiembre de 2010

Cantora nocturna


La que murió de su vestido azul está cantando.

Canta imbuida de muerte al sol de su ebriedad.

Adentro de su canción hay un vestido azul, hay

un caballo blanco, hay un corazón verde tatuado

con los ecos de los latidos de su corazón

muerto.

Expuesta a todas las perdiciones, ella

canta junto a una niña extraviada que es ella:

su amuleto de la buena suerte. Y a pesar de la

niebla verde en los labios y del frío gris en los

ojos, su voz corroe la distancia que se abre entre

la sed y la mano que busca el vaso.

Ella canta.





Alejandra Pizarnik

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Capítulo 1




Ezequiel la mira fijamente a los ojos, esos ojos color miel, sólo ha visto aquel color tan peculiar en una persona, Elsa, la hermana de Magda, era lo único que tenían en común, Magda era rubia, alta, esbelta, con una expresión tan dulce que casi empalagaba, con catorce años no aparentaba más de once a pesar de su altura, apenas estaba desarrollada. Elsa en cambio, dos años menor, aparentaba quince, morena, de estatura normal para su edad, pero con unas curvas que ya eran la delicia de sus compañeros de clase, en el momento en que despertaban a los estimulos sexuales. Ezequiel en aquella época contaba con quince años y estaba enamorado de Elsa, tenía algo que le volvía loco, ese desparpajo al hablar, esa sensualidad escondida que no podía evitar emanar por cada poro de su piel inconscientemente. Incluso se habían besado a pesar de la juventud de ella. Elsa jugaba con él a su antojo y a cambio la llevaba en moto a los entrenamientos de voleibol, en el fondo era una caprichosa, o eso era lo que a él le consolaba, el único consuelo que encontraba para su trágica perdida.

Magda sabía que ahora Eze no la veía a ella, se había perdido por el camino, como cada vez que habían disfrutado del sexo juntos, no era ella a quién poseía, por eso cuando cerraron el capítulo drogas dejó de acostarse con él. Sin el colocón no podía interpretar el papel de Elsa, de su querida hermana, de su querida hermana muerta. Ella sufrió mucho la pérdida de su hermana y de su madre pero Eze también quedó marcado por aquello, juntos se consolaban como podían, de la manera que mejor sabían, hasta que se dio cuenta que a Eze no le hacía bien, cada vez quería más.